sábado, 23 de enero de 2016

Cuento inglés


Procuraré ser breve, para no incomodar ni incomodarme. Las historias son de los perdedores y para los perdedores. Es decir, para todos nosotros. Son la afirmación y reafirmación de que odiamos la realidad y las preferimos a ellas. No son sólo historias. Son lo mejor de nosotros mismos. Cuando lo perdemos todo, lo que más apreciamos, cuando sentimos que ya no nos queda nada, nos quedan las historias. Merecen consideración especial. Siempre son las mismas, pero nosotros no. 

Las historias nos cambian. Están ahí, realmente. Y no podemos hacer nada por resistirnos a ellas, a nuestro amor por ellas, a nuestra necesidad de ellas. Son más importantes que cualquiera de nosotros y lo seguirán siendo. Nuestras historias son emocionales. Son la belleza misma de nuestros sentimientos, el cuidado, la ternura, lo que ocultamos y mostramos. Hacemos historias a nuestra imagen y semejanza. Más concretamente, a la de nuestros sentimientos, los que cambian. Aún no sabemos lo que los cambia. Es como si no pudiéramos saberlo. Lo que nos empuja siempre hacia delante, pase lo que pase. Olvidar, recordar... Siempre, los sentimientos. 

Como he dicho, no contaré una historia nueva, pero mis sentimientos son reales ahora y a ellos soy completamente fiel, más de lo que quiero y de lo que sé. No hay más de lo que sabemos. Lo digo por si acaso. Pensé que había superado todas mis historias, pero no son mías. Aún me deleitan. Ha sido inesperado, como siempre. Un momento cualquiera. Así surgen las verdaderas historias. Las que no se planean y nos sobrevienen. Siempre es feo intentar forzarlo, porque es en vano, artificial, incómodo. Eso es, si alguien sabe a lo que me refiero. 

Todo esto ha sido porque volví a ver una película. Aún la estoy terminando de ver. La he visto muchas veces. Es una película hermosa, un cuento. Con el tiempo, he ido amando cada vez más lo que representan los símbolos más que a ellos mismos. Me ha parecido algo irresistible y delicioso, pero muy difícil de transmitir. Todos necesitamos la misma historia, la que se nos resiste, porque se está completando.

Siempre buscamos más. No tardamos en perder de nuevo. Por más que uno quiera estar preparado, no lo consigue, no sabe por qué pierde. No sabemos por qué nos complicamos la vida. Eso hace las historias verdaderas. Son historias de fracasos. Alguna vez, hermosos de verdad. Exactos, intachables. Para siempre. 

Había subestimado la película y, sin embargo, veo en ella más belleza que nunca. No es que la película sea especial. Es sobre un perdedor. Me olvidé por unos instantes del marketing, el plástico, toda la basura que rodea, oculta y mancha la belleza verdadera, sin hacerle el menor daño. Sólo nos hacen daño a nosotros, hasta que nos cansamos de verdad. Pero nunca terminamos de alcanzar la belleza verdadera. La herida y la cura, al mismo tiempo. Las historias son para siempre. Como he dicho, es una película sencilla. 

El personaje, Job, es un perdedor nato. Todo lo malo le sucede. Es un don nadie. El objeto del mercado de nuestra época. La cuestión es que le pasa algo increíble, inaudito. Conoce a una actriz. Parece pura casualidad. Es Ceniciento. De ahí surge una historia de amor muy bella. No he podido evitar ver la trampa detrás, sin ser tan viejo, ni tan experimentado, ni brillante, pero todos podemos entender la belleza que no conocemos. El único y verdadero Misterio. Intento hablar de un fenómeno extraño. La Belleza y el arte son ansias de infinito, madre e hija. 

Él soporta su carga sin preguntar. Es bueno. Tiene el corazón puro. Tiene sentido del humor, es un caballero, tiene buen trato con todos. Madera de héroe. Pero no tiene mucho carisma. Es un héroe torpe. Resulta que ese es su atractivo. El atractivo idóneo. La chispa de la ocasión. Su salvadora es una semidiosa, alguien famosa, con dinero, reconocimiento, éxito, todo lo que codiciamos en nuestros corazones, irremisiblemente. Por eso, fingimos que lo despreciamos por fuera. El orgullo representa el triunfo sobrehumano. Sólo es un símbolo más. No es el mejor, precisamente, ni tampoco el único. 

Es difícil cambiar de clase, si es que esto sucede. Pero ella perdió algo por el camino que él tiene todavía. Uno busca en el otro lo que no tiene. Es una búsqueda misteriosa, la que escribe nuestras historias. Rara vez encontramos lo que empezamos buscando, si es que esto sucede. Nos cuesta tanto abrirnos. Tiene que ser al final. La flor muere en su apertura. No es hermoso? 

Se enamoran. Descubren que están atrapados en dos mundos diferentes y luchan por estar juntos. Los elementos parecen estar en contra, el devenir del caos, que es desconocimiento, olvido, caída. Todos están en tinieblas, menos ellos dos. Tienen ansias de lo absoluto. No quieren que les queme el fuego inevitable de sus ansias de inocencia. Nadie vuelve atrás. Soñamos una y otra vez que esto es posible. Quién sabe de dónde vienen estos sueños? Quién ha podido detenerlos? 

Hay desengaños, golpes, desconfianza, cinismo. Poco a poco, la historia se va construyendo a través de fracasos, como sucede en la vida real. Me gusta el encanto que envuelve los cuentos de hadas. Es hermoso. Dice algo más de lo que parece, a simple vista. A todos nos encanta, al principio, pero luego, después de mucho tiempo, vuelve a suceder. Somos muy apasionados. Qué puede cambiar eso? Nos adaptamos como si nos liberásemos de una carga insoportable. 

A lo mejor las historias sirven para descargar. Sí. Debe ser eso. Como la catarsis de los griegos. La cuestión es que él enseña una valiosa lección a la semidiosa, pero él también aprende algo sobre ella. Se enseñan algo que no sabían. Conocen un poco más el mundo del otro, porque sólo de esa manera podrán estar juntos, prosperar, ser libres, autorrealizarse, consumar el Destino.

Las historias hacen barridos sobre diferentes temas, porque buscan aleccionar, socializar, ejemplarizar. Esto no me parece mal, pero daría igual si fuera así. Terminaría aceptándolo, aunque sólo fuera en la intimidad de mi corazón. El orgullo nunca se rinde. Da la cara, como si no cayera, una y otra vez. No hay caídas suficientes para él. 

Me gusta que el audaz busque algo nuevo. Si no se atreviera, si no saltase a ciegas, no habría historia. Hablo de la película Notting Hill. Todas las historias son revivals. Eso quiere decir que, pasado un tiempo, si nos atraparon, nos vuelven a atrapar. Mencioné lo del marketing porque no quiero ponerme a analizar mi propia emoción hasta quedarme sin ella, aunque no creo que esto suceda ni pueda suceder. Prefiero no arriesgarme. Sólo la emoción hace interesante, especial nuestra vida. No sentimos que sea una estafa, por muy feroz que sea el cinismo con que nos acusamos. Todos tenemos esperanza. No vemos el final. 

Todos creemos que tenemos demasiado poder. Si no lo creemos, lo hemos creído, sinceramente. He escrito esto con el fin de expresar mis sentimientos. No siempre es tan fácil. Valoramos mucho nuestros sentimientos, pero no conocemos su verdadero valor. Pasan tan rápido, que no nos da tiempo de verlos por completo, tal y como son en realidad. De ellos, apenas vemos nuestro propio deseo y necesidad. Creo que esto es así. 

Esto era lo que quería compartir sobre mis sentimientos al ver la película de nuevo. Antes de arriesgarnos y lanzarnos a buscar nuestra historia en la vida real, quizá debiéramos primero aceptar la que llevamos a nuestras espaldas, hasta ahora. Actualmente, no creo que nos podamos deshacer de lo que somos, es decir, de las historias que nos han hecho. Nuestra comunidad, sociedad, familia, personalidad. Recaemos. Esto es así. Amamos lo ajeno y lo desconocido más que lo propio. No podemos cambiarnos y no lo sabemos todo sobre nosotros mismos. Quizá sea menos de lo que sospechamos, si nos atrevemos a averiguarlo. Las historias son nuestros sentimientos, para siempre.